- Por SANTOS SUÁREZ BADILLO
Director de El Norte
No creo que la ética esté en extinción, pero sí enfrenta una fuerte tensión. En contextos donde la corrupción se normaliza, practicar la ética implica ir contracorriente.
En esos términos se expresó Cristina Cardona, directora de transformación y cultura ética de PLANÉTICA y experta en Responsabilidad Social Empresarial. Lo hizo en declaraciones a El Norte, en las que dijo que Hay empresas que han comprendido que la sostenibilidad y ética son estratégicas.
Pero también señaló que en el sector productivo hay compañías que en este tema bajan la guardia, se acomodan o priorizan lo funcional sobre lo correcto.
Pregunta Santos Suárez:
¿Por qué la ética debe estar presente en las acciones de Responsabilidad Social Empresarial?
Responde Cristina Cardona: Porque la ética es lo que da legitimidad y profundidad a la Responsabilidad Social Empresarial. No basta con hacer “cosas buenas” o cumplir con ciertos estándares: lo esencial es desde dónde se hacen esas acciones y con qué propósito. La ética permite que las decisiones estén guiadas por principios y no solo por intereses, por el compromiso con el bien común y no solo por la imagen o la presión del entorno.
Ahora bien, no se puede hablar de ética sin hablar de valores. Cada persona en una organización tiene un sistema de valores propio, moldeado por su historia y contexto. Por eso, la ética requiere procesos conscientes de alineación de valores que generen coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Solo así se construye una cultura ética compartida.
Cuando los valores se alinean, la ética deja de ser un discurso abstracto para convertirse en una guía concreta de acción. Y solo entonces, las acciones de Responsabilidad Social Empresarial pueden ser realmente éticas: coherentes, sostenibles y con impacto genuino.
¿En general usted cree que el sector productivo del país aplica la ética con rigurosidad, especialmente en los temas sociales?
En términos generales, no se aplica con la rigurosidad que se necesita. Hay avances importantes y esfuerzos visibles, especialmente en empresas que han comprendido que la sostenibilidad y la ética son estratégicas. Sin embargo, en muchas otras, la ética sigue reducida a códigos formales o políticas aisladas, sin procesos reales de interiorización ni coherencia en la práctica.
Uno de los grandes vacíos es asumir que todas las personas entienden lo mismo por “ética” o comparten los mismos valores. Y no es así. Por eso, más allá de declarar principios, es necesario formar, conversar y alinear, para construir un marco común que permita tomar decisiones conscientes, justas y consistentes.
He visto cómo algunas organizaciones comienzan a transformar su cultura cuando se abren estos espacios: cuando los líderes predican con el ejemplo y cuando se permite hablar, sin miedo, de lo que está bien y lo que no, incluso si es incómodo. Ahí es donde la ética deja de ser un ideal abstracto y empieza a vivirse con rigor y coherencia.

En una sociedad en donde la corrupción gana cada vez más espacio, ¿la ética es una práctica en extinción, incluso en el sector productivo?
No creo que la ética esté en extinción, pero sí enfrenta una fuerte tensión. En contextos donde la corrupción se normaliza, practicar la ética implica ir contracorriente. Y eso no es fácil, especialmente cuando los resultados rápidos o los beneficios inmediatos parecen premiarse por encima de los principios.
Sin embargo, lo que observo es que la ética no ha desaparecido, sino que está en disputa. Hay empresas que bajan la guardia, que se acomodan o que priorizan lo funcional sobre lo correcto. Pero también hay organizaciones que se esfuerzan por sostener prácticas éticas, formar líderes íntegros y generar culturas donde la transparencia y el compromiso social no sean negociables.
La pregunta no es si la ética está desapareciendo, sino si estamos dispuestos a sostenerla como práctica viva en medio de la complejidad. Y ahí el sector productivo tiene un rol clave, no como espectador, sino como protagonista activo en la defensa de lo ético. Cuando una empresa decide actuar con transparencia, asumir consecuencias y poner límites éticos claros, no solo se protege a sí misma: también envía un mensaje al entorno. La ética, lejos de ser un lujo, se convierte en un factor de diferenciación, sostenibilidad y credibilidad.
Con el correr de los tiempos, ¿la definición de ética ha cambiado?, ¿qué es la ética?
Para mí, una forma clara y poderosa de entender la ética es la que propone Fernando Savater, cuando la llama “el arte de vivir”: una reflexión sobre cómo queremos vivir y actuar, eligiendo con libertad pero también con responsabilidad. La ética no se trata de seguir normas impuestas, sino de decidir con conciencia y coherencia el tipo de vida que queremos construir.
Adela Cortina la define como la capacidad de formar carácter y esto es aplicable a las personas y a las organizaciones. En esencia la definición de ética se mantiene, pero los dilemas sí han cambiado, y con ellos la necesidad de profundizar más que nunca en una ética aplicada.
Hoy, por ejemplo, debemos preguntarnos: ¿cómo deciden los algoritmos?, ¿quién se hace responsable por una decisión automatizada?, ¿qué valores están detrás de una tecnología que excluye o discrimina?
La ética debe dialogar con el presente, con sus complejidades, y eso implica formarse, actualizarse y no quedarse en principios abstractos. Hoy, la ética es profundamente estratégica y transversal: toca el liderazgo, el talento, la innovación, la comunicación, la tecnología y la sostenibilidad. Por eso sigue siendo nuestra mejor brújula para actuar con sentido en un mundo cada vez más desafiante.
¿La Responsabilidad Social Empresarial la practican las empresas porque es una exigencia de los mercados, o por convicción, o en algunos casos por ambos factores?
Diría que, en la mayoría de los casos, las empresas empiezan a practicar la RSE por exigencia del entorno, ya sea por presión del mercado, de los inversionistas, de los consumidores o por requisitos normativos. Sin embargo, eso no invalida el proceso: muchas veces, esas exigencias externas abren la puerta a una transformación más profunda.
Con el tiempo, algunas organizaciones logran convertir esa práctica inicial en una convicción interna, alineándola con sus valores, su cultura y su propósito. En esos casos, la RSE deja de ser una estrategia reactiva y se convierte en una decisión consciente, que guía cómo se relacionan con sus grupos de interés, cómo entienden su impacto y cómo toman decisiones.
Por eso, ambas razones —la exigencia y la convicción— coexisten, pero la diferencia está en la profundidad y la coherencia con que se vive la RSE. Cuando hay convicción, el impacto es más real, más sostenible y más transformador.

¿Cómo se relaciona la ética con el uso de la Inteligencia Artificial dentro de la RSE?
La Inteligencia Artificial ya forma parte del día a día de muchas organizaciones: desde procesos de selección y segmentación de clientes hasta decisiones operativas o estratégicas. Frente a esto, la ética no puede ser un añadido posterior, y mucho menos la RSE puede mantenerse al margen. Al contrario: si hablamos de Responsabilidad Social Empresarial, tenemos que asumir también la responsabilidad tecnológica.
Formarme en ética aplicada a la IA ha sido un paso necesario para acompañar a las organizaciones en este nuevo escenario. Lo que he visto es que muchas veces se implementan tecnologías sin cuestionar con qué criterios fueron diseñadas, qué valores reflejan o a quién podrían afectar. Pero toda herramienta tecnológica expresa una visión del mundo, y por eso su uso debe ser éticamente consciente.
La relación entre IA y RSE no es superficial: la forma en que una empresa adopta tecnología revela su carácter, sus prioridades y su cultura. Incorporar inteligencia artificial de manera ética exige una alineación estratégica, donde el uso de datos, la automatización y la innovación estén al servicio del bienestar humano, la equidad y el propósito organizacional.
Incorporar IA con responsabilidad ética no es un tema técnico ni un asunto aislado: es parte central del compromiso de una empresa con su entorno, su gente y su propósito. Y es ahí donde la RSE puede actualizarse y fortalecerse, integrando la dimensión tecnológica dentro de su visión de sostenibilidad. Solo así podremos hablar de una transformación digital verdaderamente responsable.

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