En un movimiento sin precedentes que subraya la agresiva política expansionista de su administración, el presidente Donald Trump ha amenazado con imponer aranceles a aquellos países que no respalden su intención de convertir a Groenlandia en parte del territorio de los Estados Unidos.
Durante una mesa redonda sobre salud en la Casa Blanca, el mandatario justificó esta medida de presión económica alegando que la adquisición de la isla es una prioridad de seguridad nacional.
El interés de Washington no es meramente geográfico. Groenlandia, un territorio autónomo de Dinamarca que supera en tamaño a naciones como España, posee una riqueza incalculable en recursos naturales, que incluye petróleo, hierro, uranio, oro y cobre, entre otros.
Sin embargo, el verdadero motor de esta ambición son las tierras raras, minerales críticos para la tecnología de punta, el sector automotriz y las aplicaciones de defensa. Según el Servicio Geológico de EE. UU, la isla alberga aproximadamente 1,5 millones de toneladas de tierras raras, con yacimientos en el sur considerados entre los más grandes del mundo.
Esta urgencia por asegurar el control del territorio se ha intensificado tras el interés de empresas extranjeras, como una firma australiana en el depósito de Kringlerne, y el vencimiento de acuerdos previos de exploración conjunta firmados en 2019.
Los aranceles como herramienta de coacción política
Desde su regreso al poder en enero de 2025, Trump ha consolidado el uso de los aranceles como una herramienta de presión contra socios comerciales. Esta nueva amenaza sigue el patrón establecido con países como Brasil e India, quienes enfrentaron tasas de hasta el 50 % como represalia por sus políticas internas o alianzas energéticas con Rusia.
La administración estadounidense parece dispuesta a ignorar las advertencias de aliados estratégicos. Mientras la Unión Europea ya ha identificado en Groenlandia 25 materias primas esenciales para su transición ecológica, el gobierno danés ha calificado la posible venta como algo “fuera de cuestión”.
Respuesta internacional y tensiones en la OTAN
La postura de Copenhague ha sido firme, respondiendo a las inquietudes de seguridad de Washington con un incremento inmediato de su presencia militar y maniobras en la región ártica. Paralelamente, sectores del Congreso estadounidense han expresado su preocupación.
El senador demócrata Chris Coons recordó tras una reciente delegación que cualquier movimiento sobre la isla debe respetar los principios fundamentales de soberanía, integridad territorial y autodeterminación que rigen a los aliados de la OTAN.
A pesar de la resistencia diplomática, la retórica de la Casa Blanca sugiere que la geopolítica de los recursos definirá la política exterior de este mandato, utilizando el poderío económico de Estados Unidos para redibujar sus fronteras e influencia en el Ártico.
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