Rodney Castro Gullo

Claustrofobia

  • Por Rodney Castro

El dolor en mi espalda baja se estaba tornando crónico. En el primer filtro entregué la orden para la resonancia y me dijeron que, si quería, había disponibilidad para hacerme el examen en una hora. Acepté. Quería salir de eso lo más pronto posible.

Me preguntaron si era claustrofóbico. Respondí que sí. Preocupado, le pregunté a la encargada cuánto duraría el procedimiento. Me tranquilizó diciéndome que no serían más de veinte minutos.

A partir de ahí, dejé que la inercia actuara. Firmé una serie de papeles proformas en los que, básicamente, el centro médico se exoneraba de responsabilidades relacionadas con el estudio que estaban por realizarme. Después me condujeron a un piso subterráneo, donde se llevaría a cabo el procedimiento.

En un cuartico estrecho quedé ataviado únicamente con una bata azul y mis medias. Al ver que el técnico radiólogo no aparecía, salí a buscarlo. Dejé todas mis pertenencias, incluido el celular, encerradas en aquel cubículo y, con algo de incomodidad, atravesé una pequeña sala de espera donde permanecían los acompañantes de otros pacientes. Finalmente, el encargado salió de una oficina a mi encuentro.

Seguimos hasta la sala donde me practicarían la resonancia. Pronto me encontré acostado sobre una plataforma rígida. El técnico volvió a confirmarme la duración del procedimiento, me entregó unos tapones naranjas para los oídos y puso en mis manos una bombita de caucho conectada a un cable, que funcionaba como dispositivo de llamado en caso de que tuviera alguna dificultad. Luego me sujetó los pies, acomodó mis manos sobre el pecho, cubrió mi cuerpo con una cobija ajustada y se marchó.

De pronto, la estructura sobre la que descansaba comenzó a deslizarse hacia el interior de una especie de cápsula. Cuando se detuvo, yo ya tenía los ojos cerrados. Y entonces inició el concierto de sonidos estrafalarios, destemplados e indescifrables.

A partir de ese momento libraría una de las luchas más intensas que he tenido conmigo mismo. Necesitaba diseñar una estrategia que me abstrajera de la agobiante realidad del encierro. Después de todo, eran apenas veinte minutos.

Comencé por intentar darme paz. Oraba. Me repetía que todo terminaría muy rápido. Procuraba conservar la calma. Pensaba en mi familia, escudriñaba recuerdos felices, buscaba refugio en cualquier imagen capaz de sacarme mentalmente de aquel lugar.

Pero, al mismo tiempo, convivía conmigo ese otro yo, enfermo de terror, que gritaba en silencio y me decía que estaba experimentando lo que debía sentirse dentro de un ataúd. Que si abría los ojos lo comprobaría. Que no tenía escapatoria. Que estaba solo. Que nadie de mi familia sabía que yo estaba allí encerrado. Que mi celular, en modo avión, permanecía dentro de aquel cubículo cerrado con llave. Que, si algo me ocurría, nadie sabría cómo avisarles a los míos.

Sabía el lío mayúsculo que se estaba formando en mi cabeza. Para alejar esas cavilaciones decidí contar segundos y calcular minutos, pero el ensordecedor lenguaje de la máquina me hacía perder la cuenta.

Los tapones servían de muy poco. El ruido parecía repartirse por todo el interior del receptáculo. Por momentos me concentraba en él, esperando encontrar una señal, alguna secuencia que me permitiera anticipar que el examen estaba por terminar.

Pero el estruendo cesaba y comenzaba. Cesaba y comenzaba. Veinte minutos se tornaban ya, como una eternidad.

Yo seguía inmóvil. Estoico. Valiente. Pero al límite. Estaba a punto de tirar la toalla cuando, de repente, el retumbo cesó durante un lapso más prolongado de lo habitual. Pensé que por fin terminaba.

Entonces, de golpe y de manera brutal, la máquina comenzó a emitir destellos y chillidos horrorosos, esta vez agrupados justo a la altura de mi cabeza. En ese instante no tuve dudas, la batalla estaba perdida.

La desesperación me llevó al límite. Por primera vez experimentaba lo que era un ataque de pánico. Sentía que mi mente colapsaba. La ansiedad alcanzó niveles jamás conocidos. Comencé a sudar frío compulsivamente. Sin embargo, en medio de aquel desorden mental, todavía podía razonar.

Pensaba que, si apretaba el dispositivo para detener el procedimiento, perdería el esfuerzo realizado hasta ese momento. Y también apareció otro pensamiento, todavía peor, ¿Y si la bombita no funcionaba? ¿Y si, llegado el momento de pedir ayuda, descubría que no tenía ninguna forma de escapar de aquel ahogo?.

Pero la tortura terminó. Y entonces, tembloroso y empapado, como si acabara de salir de una ducha, comprendí que soltaba uno de los momentos más terroríficos de mi existencia. Pero también uno de esos instantes extraños en los que el miedo lo reduce todo a su verdadera dimensión.

Durante aquellos minutos no existieron el trabajo, los problemas, las cuentas pendientes ni las urgencias que uno suele confundir con asuntos de vida o muerte. Solo quería respirar, salir de allí, volver a ver a mi familia. Nada más.

Tal vez a eso me refería cuando noté que algo dentro de mí se había reiniciado. No porque hubiera vencido el miedo, estaba claro que no, sino porque por unos minutos entendí, de la manera más feroz posible, qué cosas realmente importaban.

Y aunque aquella voz interior gritaba para asustarme cada vez más, y por momentos lo conseguía, también aparecía la otra. Esa que, obstinada, trataba de imponerse diciendo, “¿Quién dijo miedo?, si yo camino con el Rey del universo”.

Tres días después regresé a otro consultorio. Tenía desde hacía tiempo una cita programada con el especialista de manos. Una cosa menor, pensé. La consulta terminó con una orden para otra resonancia.

Dolorcito del dedo, ahí te quedarás, por lo menos, otros tres años.